El Espiritu Santo nos conduce a la Verdad completa
Por un carmelita descalzo
Vivimos en Pentecostés, cincuenta días, tiempo de plenitud, tiempo de Dios. Dios bajó como lluvia por la Encarnación del Verbo, haciéndose carne, humanidad, vulnerabilidad. Una vez resucitado, ha ascendido, para enviarnos al Paráclito. Su ascensión alcanzó los extremos de nuestro ser, todo lo ancho, largo y profundo de nuestra inmensa capacidad, que no se llena con menos que con Dios. Con ese toque delicado ha extendido nuestra mirada, dilatando máximamente nuestros anhelos, para darles ahora plena satisfacción.
Nos envía un Fuego, para inflamar con su calor este espacio, para atravesar con su luz todas nuestras distancias. ¿Cómo lo podremos expresar? Estas cavernas de Adán, con capacidades infinitas, no se llenan con menos que con Dios. La capacidad de asombrarnos, de despertar nuestra curiosidad, para llevarnos a conocer, no se llena con más que con la Verdad. El anhelo y el deseo, que desatan el impulso de nuestra vida psíquica, no se contentan hasta ser heridos por el estremecimiento de un abrazo hasta los tuétanos del ser: el Amor.
Verdad y Amor; Luz y Calor; Leche y miel que no se dan por separado. Dos alimentos a partir de los cuales comprendemos aquello de “no sólo de pan vive el hombre”. No queremos volver a tener sed. No cualquier “taco” nos satisface. Tiene que ser verdadero alimento amoroso. Abrigados al amparo de estos rayos, se nos infunde la esperanza.
Hablar de esto en un siglo como el nuestro, marcado de relativismo e individualismo, nos torna escépticos para creer en la Verdad. Decimos “mi verdad”, como si fuera una posesión, como si fuera un antojo. No queda sino el rastro de la desilusión, de la inestabilidad. Verdades construidas por el artificioso ingenio humano, no conducen sino a desilusiones, pues la imaginación es su fuente: un castillo de arena sin sustento.
La verdad no es posesión de nadie: es patrimonio comunitario. La verdad no puede estar condicionada por afectos, gustos o pasiones. Es un don que sólo es creíble si es venido de fuera, como una visita, como un viento que insufla vida, un austro que despierta la conciencia y el amor. Nadie sabe de dónde viene, ni adónde va. No puede surgir de nosotros, sino emerger entre nosotros. La Verdad no se ve, sino gracias a ella podemos ver todo lo demás. Deberíamos decir que más que llegar a conocer a la Verdad, es ésta la que nos lleva a conocer todo con verdad. Es la Luz, origen del ser, del universo, de la armonía, de la vida, de la paz. Cuando nos convierte en nueva creación, estamos capacitados a reconocerla en todo rincón, o por ella, conocer todo rincón.
La Luz es Alguien que se “siente”: es como una sonrisa, como un abrazo, que cuando te roza, te obliga a exclamar: “quién me ha tocado”. Su delicado contacto te provoca gozo, gana de vivir, mas produce vibraciones extrañas que te invitan a recogerte en tu gozo: “¿quién soy yo para que me visite?” Su caricia te descubre tu valía y dignidad. Te recuerda tu inmensidad, tu infinita capacidad de contener no menos que a Dios. Así “llena” de “sentido” tu existencia con su inconfundible música interior. Suenan las campanas de fiesta que cantan en el corazón. Nace la alegría de vivir. Florece el agradecimiento por la alegría de ser para alguien. Se tensa el deseo de servir, porque dándose es como nace la vida, y la Tierra se vuelve fértil. Entonces comprendemos ese maravilloso son: “Dios con nosotros”. “Dios es Amor”.
Andar en Verdad, porque sólo en ella somos libres, descargados de toda posesión, para poder andar ligeros en el amor de unos con otros. Andar en amor: andar sin ataduras para ser, para ser para los demás, como personas mansas, humildes, pacíficas, pacientes, amorosas. Sin amor no hay humildad, pero sin verdad no hay amor. No es una primera que la otra, sino dos rostros de una misma Persona. El Espíritu es Verdad. El Espíritu es Liberador. El Espíritu es Amor. El Espíritu nos lo enseñará todo, nos capacitará para hacerlo todo, como Dios.
FELIZ PENTECOSTÉS.
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